Bilbao
Siempre quise venir a Bilbao para comprobar esa idea general de que los de Bilbao son fieros y orgullosos. Nada que ver con la realidad que recorre esta ciudad. Sus tascas, sus taxistas, el barrio de Indautxu, todo me parece tan confortable y amistoso como un buen vecindario. Lo que quizá sorprenda a los foráneos es la eficiencia en el trabajo, la deferencia de trato cuando saben que delante hay un cliente y la disposición natural a la profesionalidad. Y como nos dijo el taxista de camino al hotel: “Aquí es que se come como Dios” y no andaba desencaminado.
Los de Bilbao tienen la virtud de los leperos, son capaces de contar anécdotas sobre sí mismos relacionadas con su orgullo y sus excesos sin tapujos. De ahí la broma de esos dos estudiantes que salen de un examen de matemáticas y uno le pregunta al otro:
- ¿A ti qué resultado te ha salido?
- A mí infinito.
- Andalaostia, ¿sólo eso?
Bilbao es así, va más lejos del convencionalismo y si hubiera algo más allá del infinito, allí estarían los de Bilbao para dar cuenta.
Existe esa extraña imagen de Bilbao, seguramente oxidada, de ser una ciudad fea, por su primitivo desarrollo industrial y sus casas funcionales; pero seamos honestos, barrios feos los encontramos en todas las ciudades, por muy ciudades del amor o del glamour que quieran vendernos. Bilbao ha sabido limpiar su imagen de una manera eficiente, como sólo los que saben apreciar el potencial del lugar donde viven. He vivido cuatro años en Camas y sigo pensando lo mismo, es una ciudad fea y sucia porque no conoce sus virtudes, la cercanía a Sevilla, la funcionalidad de ciudad dormitorio. La educación que damos a nuestros hijos es el reflejo de lo que nos merecemos. Si mi antiguo pueblo es sucio no es porque no se limpie a diario, sino porque a nadie parece importarle el potencial de ese sitio. En Bilbao ha sucedido lo contrario. Fueron conscientes de la necesidad de renovarse, de limpiar la obsoleta fama de cochambre industrial y lo han logrado. No es sólo el museo, es la ciudad en general.
He vuelto encantado de Bilbao, de su deferencia para con el visitante, de sus paisajes mundanos, de sus plazas, de los montes que rodean la ciudad y, sobre todo, de esa gastronomía inagotable para terminar, como dicen las madres, piripi de vino y pintxos. Y todo sin que haya caído un triste Txirimiri en los días en los que estuvimos allí.
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